Cuadro trigésimo sexto - (Un nombre en los carteles)



Las pinceladas sonoras dibujadas por la cacharrería electrónica de Coroco Bocaíto, unidas en fraternal dueto al solo de la guitarra de Sam Palmao, que Manu había programado en el ordenador como quien programa la lavadora, no ambientaban el local con un aire oriental ni místico precisamente, aunque si la percepción o el estado de ánimo son alterados por el consumo de sustancias de esas que ponen al descubierto la geometría de los objetos cotidianos, pueden aparecer diferentes perspectivas que generen realidades distintas o incluso arbitrarias (cuando no aleatorias) .

Los secretos entre amigos adquieren su verdadero valor cuando son descubiertos. Y esta mujer mestiza, cruce de caminos entre la realidad y el deseo, había irrumpido con fuerza en la rutina de nuestro grupo de jóvenes adustos.

-Tengo que confesarte una cosa -se animó a hablar Sebastián. -Yo he visto a esta mujer desnuda. Y aunque te resulte extraño, casi no la recuerdo. Es una sensación más inquietante que placentera, pero llevo su aroma dentro desde aquel día, y no vas a creerme, pero es que yo tampoco me lo creo.
-¿No será su aroma el que te lleva a ti? -preguntó Perico, acostumbrado a historias más intensas que la absurda ñoñería que le relataba el esperpéntico conquense.
-No tenía ni idea de que la danza oriental era otra de sus habilidades.
-Yo también quiero decirte algo -ahora era Perico quien adoptaba un tono confidencial. -Cuando te conocí, recién llegado de Cuenca, me resultaste incluso atractivo. Ahora ya no sé qué me pareces.

La lectura de la letra pequeña del cartel, en la que se detallaban datos como la fecha, la hora y el lugar del espectáculo, acalló unos segundos la conversación, hasta que Perico concluyó mientras se relamía (físicamente) el labio inferior:

-Esto es aquí mismo, en La Derrota, y ya mismo: no me lo pierdo.
-Yo no sé si podré venir.
-¿Cómo que no?

Cuadro trigésimo quinto - (Confesión)

-A ver, mira, estamos en las mismas.
-Cada uno con su vida.
-¿En qué estado me vienes?
-Me arrepiento de haber venido.
-Pero es al revés, primero debes sentir dolor, y luego arrepentimiento. Has invertido los términos.
-Yo soy un invertido, un homosexual. Fui educado en la presunción de indecencia.
-Las ovejas descarriadas pueden hallar a su pastor.
-No puedo encontrar a mi pastor. Ya no voy a locales de ambiente.
-Quizá no domines tus propios sentimientos, ni tu propio cuerpo. Recuerda que tu cuerpo debe ser un templo. ¿Sientes dolor?
-Cuando me dan motivos.
-¿Te arrepientes?
-De haber venido.
-Me encantaría ponerte una penitencia... pero no aquí... salir del confesionario...
-¡No! ¡Podrían descubrirnos!

Desde que perdió la fe en la religión en la que había sido educado, Perico sufría con relativa frecuencia pesadillas regresivas a la hora de la siesta.

Y los vecinos de arriba, venga a chapotear. ¡Chof, chof! ¿Qué estarían haciendo? ¿Y quiénes serían? Al menos no había goteras ni filtraciones de agua.

El agua puede ser una amenaza: siempre encuentra los canales por los que discurrir y acaba brotando por donde menos se lo espera uno. ¡Chof, chof, chof! Qué misterio.

Cuadro trigésimo cuarto

La aspiración a la belleza y un sentido minimalista de búsqueda de la perfección eran los referentes que inspiraban el interiorismo de la nueva vivienda de Ernesto, un ático recientemente adquirido que aún había recibido pocas visitas, según le confesó a Josefina entre digresión literaria y reflexión metafísica. Su sentido estético combinaba la filosofía Feng Shui, la geometría pitagórica y un montón de pasta.

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Más que a la literatura, debía su inmenso patrimonio a su pasado como economista, profesor universitario y autor de libros de teoría contrarias al neoliberalismo, que se vendieron como rosquillas en los años de la transición. Uno de los pilares que sustentaba su concepción de una economía bien dimensionada se basaba en el intervencionismo del estado para contrarrestar los perniciosos efectos de esa supuesta mano invisible reguladora del mercado que Adam Smith hizo famosa y a la que él apodaba con cierta sorna como "la mano tonta". Claro que posteriormente su pensamiento evolucionaría desde el intervencionismo al anarquismo.

Paradójicamente, acumuló un gran capital a base de libros anticapitalistas. Eso le permitió dejar la docencia universitaria para dedicarse a la literatura de ficción, a la experimentación teatral, a la poesía comprometida, a las colaboraciones en prensa, a las tertulias radiofónicas, a la micofilia, la filatelia, la numismática y las lanchas neumáticas.

Todas estas historias a Josefina le fascinaban.

-Créeme Josefina, la actual crisis económica la predije yo ya en mi época universitaria, pero asqueado de la sordera de los dirigentes políticos y autoridades académicas, acabé ingresando en un grupo francés de teatro alternativo... te estoy hablando del año 68... porque había que denunciar... y nos terminaron denunciando a nosotros... por alterar el orden público... y sólo por realizar acciones teatrales callejeras en las que simulábamos asesinatos de banqueros, ahí, en medio del distrito financiero... en los Campos Elíseos... ¡qué tiempos!


Josefina, excitada, se sentó en las rodillas de su fuente de experiencia y sabiduría, con la intención de que la proximidad facilitara que semejante flujo de conocimiento penetrara en las conexiones sinápticas de sus neuronas; y quién sabe con qué otras intenciones.

No hay certeza del origen de sus visiones utópicas, si fue a través de Platón, Tomás Moro, Bacon, Owen o Fourier como Ernesto se aficionó a concebir sociedades ideales, a creer en la construcción de un mundo diferente, más humano, racional y justo. ¿Podríamos considerarlo idealismo? ¿Se trataba de la visión de una utopía? ¿O simplemente era un sueño?
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Cuadro trigésimo tercero (Oklahoma II)


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Cuando el sueño gira en torno a la melancolía de una vivencia no experimentada, entra en conflicto con la lógica de lo posible y se abre un agujero en el psiquismo del individuo a través del cual puede escapar su energía sexual.
Karl Abraham

Cuadro trigésimo segundo - (Imágenes)

Abrió su portátil en una mesa apartada. El escaso sueldo que le pagaban en su ETT no le permitía una buena conexión en casa, así que con frecuencia aprovechaba la wifi del bar La Derrota. Además, aquella tarde sentía una curiosidad casi enfermiza por investigar ciertas cosillas, sobre todo ahora que la danza del vientre empezaba a entrar en la órbita de sus intereses artísticos.


Entró en Google y fue directo a la búsqueda de imágenes. Con cierta parsimonia tecleó el nombre de su nueva y misteriosa amante, cuidando de no errar en la colocación de la i griega. ¿Quién no ha profundizado alguna vez en sus relaciones a través del potente buscador?



Al comprobar los resultados de la búsqueda, un intenso escalofrío recorrió su cuerpo de abajo a arriba y en varias direcciones. ¡Desde la primera imagen! No sólo estaba ella, ¡estaban todos!: Montse, Perico, Josefina, Sebastián... ¡y él mismo! ¿Cómo era posible? ¿Alguien se estaba dedicando a tomar instantáneas de sus vidas?


Amplió una de las imágenes a pantalla completa, ¡toma fullscreen! No cabía ninguna duda: ahí estaban todos. Incluso había varias fotografías ubicadas en el mismo bar en el que en ese momento se encontraba. Asombroso. No necesitó más de tres segundos para sacar las primeras conclusiones; era obvio: alguien les espiaba. ¿Pero quién sería? ¿Por qué lo haría? ¿Y con qué objetivo colgaría las imágenes en la red, a la vista de todos?


Alejandro se dio la vuelta con desconfianza. La tranquilidad, que en apariencia dominaba el local, la interpretó como un siniestro presagio. Se sintió observado por Manu, el camarero, claro que eso tampoco se salía de lo habitual. Algo había oído acerca de la proliferación de cámaras por todas partes, pero nunca imaginó que nadie hiciera semejante uso de las imágenes que captaban.



Sí. Todo parecía tranquilo. Claro que él no estaba dispuesto a fiarse de las apariencias. Ya nunca más.

Tras el sobresalto, barajó la idea de avisar con urgencia a los amigos. Pero no. Mejor cerrar el portátil y volver a casa. Y sin hablar con nadie. Recordó lo que pocos días antes había dicho su amigo Perico: "es como si una mano invisible nos manejara".

¿Y por qué a ellos?

Cuadro trigésimo primero - (Tarde dominical)

¿No parece que los domingos el sol tuviera prisa por marcharse, como si supiera que le queda por delante una larga semana para seguir alumbrando y recalentando el planeta?

Después de arrancar, Sebastián pulsó el play del mp3 de su automóvil. Volvían del cine, y eso siempre supone que Montse caiga en un profundo pozo de silencio.

Es difícil combatir los silencios dominicales. Las calles se llenan de retornos, de maletas con ruedas, de comercios cerrados, de cochecitos de niño empujados con desgana, de partidos de segunda división que acaban cero a cero.

Aunque Sebastián había insistido en ver una comedia romántica, Montse se empeñó en no perderse Ágora: que si era una película imprescindible, que si era técnicamente impecable, que si la ambientación, que si no sé cuántos miles de extras. Obviamente, su amiga Josefina le había lavado el cerebro.

Luego, en cuanto salen los créditos del final, que ella contempla en un estado casi hipnótico, enmudece hasta tal punto que siempre es difícil adivinar su opinión. Pero nunca llora, ni siquiera en las películas más lacrimógenas.

Por la ventanilla del automóvil intentaba buscar algún rostro capaz de sonreír. No era sencillo. Incluso, alcanzó a ver al pesado de los veinte centimitos del café abordando a una transeúnte despistada.

Por fin Sebastián rompió el silencio con un comentario anodino acerca de la lentitud del tráfico. Lo cierto es que el sol era el único que tenía prisa. Montse entonces quiso saber por qué estaba tan serio, por qué tan distante y distinto a otras veces, tan adusto y casi lejano, ¿era por su culpa? Sebastián por supuesto negó todo, que nada de eso, que no le pasaba nada, sólo que era domingo, que se hacía de noche y que eso era ya bastante triste.

-Sebastián, por favor, necesito que me beses. Dame un buen morreo, Sebastián, lo necesito. Por fa...

Cuadro trigésimo









De poco sirve oponerse a la materialización de un impulso, sobre todo cuando se trata de un impulso artístico.

Carl Gustav Jung

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Cuadro vigésimo noveno - (Barroquismo)

Perico se extasiaba con el barroquismo. Sólo personas con semejante sensibilidad son capaces de interiorizar las curvas. "¿Quién soporta una columna recta?" Solía exclamar en los momentos en que se hallaba poseído por las formas. "¿No es como si voláramos?"

Aunque no con tanta intensidad, Sebastián participaba de la voluptuosa orgía compartiendo el embeleso de su amigo. ¿Acaso ser conquense iba a impedir que su espíritu se elevase o que sus impulsos se materializasen?


Algo inquietante sucede en la naturaleza humana si las cúpulas llegan a proporcionar mayor placer que las cópulas.

NB: Si tienes más de 18 años y quieres experimentar sensaciones semejantes a las de nuestros personajes, entra aquí.

Cuadro vigésimo octavo - (Identidad)







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Ver en Pixton aquí

Cuadro vigésimo séptimo - (Callejeando)

Los domingos invitan a callejear. Y otra cosa quizá no, pero Montse era una confidente del carajo (aunque así dicho pueda interpretarse mal), de las que escuchan, de las que no consideran que su propia experiencia sea más significativa que cualquier otra aportación fundamentada. Josefina, por su parte, tampoco era mala emisora, resultaba amena y casi divertida en medio de su tortura autoinfligida de andar por casa. Ambas se complementaban bien para un paseo. La joven morena de las coletas escuchaba las historias de su amiga como si fueran revelaciones sagradas, casi bíblicas. Hablaban de Ernesto:

-Hay un antes y un después... te lo digo así de claro... en mi vida.

¿Y por qué hacía Josefina estas afirmaciones? ¿Era porque Ernesto conjugaba el don de la elocuencia con el de la elegancia y el saber estar? ¿Era porque su pasado como economista otorgaba al maduro escritor una visión que con fundamento se comprometía en contra del disparate de sistema que gobernaba a la humanidad? ¿Era porque la poesía se posó un día en entre sus manos como una avecilla herida?

-Créeme Montse. Este hombre tiene algo... Hay un antes y un después. Es como si mi vida anterior no fuera nada. Y pensar que hubo un tiempo en que hasta el mismo Alejandro me hacía "tilín"...

-Bueno, es que Alejandro siempre ha tenido muy buen culo.
-Sí, eso también es cierto.

Cuadro vigésimo sexto - (La mano invisible)








Versión en vídeo-cómic:



Cuadro vigésimo quinto






Con esto de las frases bonitas algunas personas tienen más suerte que otras. Lo que Josefina no sabía era que no faltaba mucho para que le dijeran algo aún más bonito.

Cuadro vigésimo cuarto - (Oklahoma)


Cuadro vigésimo tercero - (Neoplatonismo)

Para los neoplatónicos aspirar al goce puramente físico es un deseo bajo e indigno.

La verdadera belleza se encuentra sólo en el alma, que por naturaleza es incorpórea. Un hombre racional no debe satisfacer el deseo de poseerla a través del falso juicio de los sentidos.

Los placeres carnales son ajenos a la auténtica naturaleza de los seres racionales, puesto que se encuentran también en los animales. El entendimiento conforma al ser humano con la contemplación de la belleza, como un bien espiritual que nos aproxima a la divinidad.


Quien ignore estos postulados no sólo pierde la razón, sino que infecta su espíritu con deseos mundanos.

Cuadro vigésimo segundo (goteras)


Se quedó dormido en el sofá a la hora de la siesta sin necesidad de masturbarse.

Era un lunes tranquilo, y no parecía que nada fuera a sobresaltar su descanso vespertino. Cayó en un sueño profundo, favorecido por los sonidos atmosféricos que salían de los altavoces de su ordenador.



Al cabo de un buen rato, ya sumergido en la fase REM, por decirlo de modo palmario, un sonido rítmico de gotas repiqueteando en el suelo de su salón alteró la placidez de su estado onírico. Sin embargo, la fuerza que le retenía pegado al sofá vencía a cualquier tentación de alarmismo. A pesar de todo, luchó contra la inmovilidad como quien arranca de raíz un espárrago silvestre, y optó por levantarse sin interrumpir su sueño. ¿Era posible hacerlo? Cualquier cosa que Perico se propusiera dormido era posible.

Indudablemente, la gotera provenía del piso de arriba, pero no eran horas de molestar a nadie, entre otras cosas porque es difícil relacionarse con los vecinos a la hora de la siesta cuando el que está dormido es uno mismo. Así que agarró la escalera plegable, se subió a ella y se dedicó a inspeccionar el techo.

Lo bueno de resbalar desde lo alto de la escalera en pleno sueño es que puedes evitar la caída si eres capaz de volar. Lo malo es que las goteras producen unas irresistibles ganas de orinar.

Cuando definitivamente despertó, tenía la vejiga tan llena que le costaba trabajo caminar hasta el cuarto de baño.

Perico no creía en los sueños premonitorios, pero al menos éste le había servido para pensar en los vecinos de arriba. ¿Quiénes eran? ¿Por qué serían tan silenciosos?

Desde que se marcharon los anteriores inquilinos, nunca se escuchaban pasos. Sólo sentía el agua de las cañerías, el ruido de la cisterna, el chapoteo en la bañera. Siempre el agua.

Decidió tranquizarse pensando que quizá se tratase de una familia de sirenas.

Sí. Seguramente era eso.
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