Las pinceladas sonoras dibujadas por la cacharrería electrónica de Coroco Bocaíto, unidas en fraternal dueto al solo de la guitarra de Sam Palmao, que Manu había programado en el ordenador como quien programa la lavadora, no ambientaban el local con un aire oriental ni místico precisamente, aunque si la percepción o el estado de ánimo son alterados por el consumo de sustancias de esas que ponen al descubierto la geometría de los objetos cotidianos, pueden aparecer diferentes perspectivas que generen realidades distintas o incluso arbitrarias (cuando no aleatorias) .
Los secretos entre amigos adquieren su verdadero valor cuando son descubiertos. Y esta mujer mestiza, cruce de caminos entre la realidad y el deseo, había irrumpido con fuerza en la rutina de nuestro grupo de jóvenes adustos.-Tengo que confesarte una cosa -se animó a hablar Sebastián. -Yo he visto a esta mujer desnuda. Y aunque te resulte extraño, casi no la recuerdo. Es una sensación más inquietante que placentera, pero llevo su aroma dentro desde aquel día, y no vas a creerme, pero es que yo tampoco me lo creo.
-¿No será su aroma el que te lleva a ti? -preguntó Perico, acostumbrado a historias más intensas que la absurda ñoñería que le relataba el esperpéntico conquense.
-No tenía ni idea de que la danza oriental era otra de sus habilidades.
-Yo también quiero decirte algo -ahora era Perico quien adoptaba un tono confidencial. -Cuando te conocí, recién llegado de Cuenca, me resultaste incluso atractivo. Ahora ya no sé qué me pareces.
La lectura de la letra pequeña del cartel, en la que se detallaban datos como la fecha, la hora y el lugar del espectáculo, acalló unos segundos la conversación, hasta que Perico concluyó mientras se relamía (físicamente) el labio inferior:
-Esto es aquí mismo, en La Derrota, y ya mismo: no me lo pierdo.
-Yo no sé si podré venir.
-¿Cómo que no?



















































